lundi 5 novembre 2007

Costa Daurada



El paisaje de la Costa Dorada se podría definir, en pocas palabras, como un gran contraste. En él encontramos espacios naturales de gran belleza y de gran interés. En el sur el Parque Natural del Delta del Ebro y la Reserva Nacional de los Puertos de Tortosa-Besseit y en el oeste las Montañas de Prades.
En el litoral también encontramos grandes contrastes pero con un denominador común: la luz. Existen pueblos que han crecido ofreciendo un amplio abanico de servicios y recursos para todo tipo de turistas, y donde lo que antaño eran pueblos de pescadores se han convertido en autenticas "mecas" para el turismo. Por otro lado, están las pequeñas poblaciones marineras, en las que la pesca constituye aún la forma básica de ganarse la vida y, cuyo crecimiento ha sido ordenado y consciente. Son
poblaciones que perduran en el tiempo y nos muestran el tipismo de los pueblos de pescadores tal y como eran en los siglos pasados.
Las playas de la Costa Dorada son largas y de poca profundidad, sin apenas accidentes orográficos. De arena fina y, al igual que el agua del mar, limpia.
Dos ejes de comunicación por tren atraviesan la Costa Dorada. Uno sigue la línea de la costa, desde la frontera con Francia hasta el sur de la Península Ibérica, y el otro, en dirección Zaragoza, atraviesa las comarcas del interior. Todas las poblaciones por las que pasa el tren tienen estaciones, con todos los servicios que ello implica. En los pueblos más pequeños este servicio se limita al apeadero.
En una tierra de mar, puertos y pescadores, no es extraño que, en los últimos años, hayan empezado a proliferar los amarres para embarcaciones deportivas.
La calma del Mediterráneo permite estancias por el mar con toda tranquilidad y la Costa Dorada ofrece, a todos los enamorados de viajar mar adentro, buenos puertos donde atracar para proveerse, hacer escala o, simplemente, tener la embarcación bien guardada durante los meses, semanas o días en que no pueden salir a disfrutar de su pasión: navegar.
La cocina de la Costa Dorada es un reflejo mediterráneo, de su gente y de su campo, pero también del arte y el espíritu del pueblo: por esto se combinan bien las verduras con las carnes y el pescado, las frutas y el vino, en platos sencillos pero que evocan en el paladar finas sugestiones.

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